LEYENDA LA CORDILLERA COLÁN

En el corazón verde de la región Amazonas, donde las nubes se enredan en las cumbres y el viento guarda secretos antiguos, se alza la majestuosa cordillera Colán. Entre los distritos de Copallín y Aramango, en Bagua, y Cajaruro, en Utcubamba, sus laderas esconden una historia que late como un suspiro en la memoria del tiempo: la leyenda de Cola y Lan, dos almas destinadas a amarse y condenadas a sufrir.

Hace muchos amaneceres, cuando el sol aún parecía más joven, dos familias poderosas y rivales compartían el mismo valle, separadas por el orgullo y el rencor. De una de ellas nació Cola, una mujer tan hermosa que hasta las flores parecían abrirse ante su paso. Sus padres, cegados por la codicia, decidieron entregarla en matrimonio a un viejo hacendado que vivía en Llunchicate, como quien vende una joya al mejor postor.

Cola, prisionera de un futuro que no deseaba, buscaba consuelo entre los árboles centenarios. Todas las tardes se sentaba bajo la sombra de un shihuahuaco, y allí lloraba hasta que la tierra bebía su tristeza. Sus lágrimas, negras como la noche sin estrellas, dieron vida a una laguna profunda y melancólica, que hoy llaman Laguna Negra.

Un día, mientras reunía bagazo para encender el fogón, el destino galopó frente a ella. Sobre un corcel blanco apareció Lan, un joven de mirada clara y noble porte. Bastó un cruce de miradas para que en sus corazones se encendiera un fuego que ni la lluvia podría apagar. Lan, al saber que Cola era hija de la familia enemiga, no retrocedió. La buscó, le habló de su amor, y ella, con el alma temblando de esperanza, le confesó su pena: en pocos días sería esposa de otro.

Las familias, al conocer el vínculo que crecía entre ellos, lo prohibieron con dureza. Pero el amor, cuando es verdadero, no conoce muros ni cadenas. Así, Cola y Lan juraron huir bajo la complicidad de la luna. Aquella noche, la luna llena les tendió un camino de plata, y el viento, cómplice y travieso, despejaba las hojas para dejarlos pasar. Cruzaron montañas y ríos como si cada paso fuera una promesa eterna. Temerosos de que el amanecer revelara su fuga, se ocultaron en la espesura del bosque.

Sin embargo, la aurora los traicionó. La primera luz del día anunció su escondite, y las familias, presas de la ira, se enfrentaron en una batalla que manchó de dolor la tierra. El sol, que todo lo había visto, decidió castigar la soberbia humana: convirtió a ambas familias en dos grutas que se miran con odio eterno, sin poder tocarse.

Sin embargo, testigo del amor y conmovido por la pureza de Cola y Lan, los transformó en la cordillera Colán, uniendo sus nombres y fundiéndolos para siempre en tierra y cielo. Desde entonces, cuentan que en las noches de luna llena los amantes reaparecen, abrazados en la niebla, llorando por lo que fue y no pudo ser. De sus lágrimas nace el agua cristalina que alimenta las quebradas y sostiene la vida de los pueblos cercanos.

Dicen los viejos que mientras las grutas enemigas sigan frente a frente, Cola y Lan seguirán llorando, y su llanto seguirá fluyendo como un canto triste que riega la tierra. Y así, la cordillera Colán permanece, vestida de verde y neblina, como un poema tallado por el amor y el sacrificio, recordando que en la naturaleza se guardan los suspiros de quienes se amaron más allá de la muerte. (Fuente recopilación de la Web)

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